Faro de Cabo de Higuer
Comienzo mi viaje. Es el comienzo de una nueva persona, ya que nunca volvemos igual.
Perdido junto al faro. Casi tres horas en tren, trasbordo incluido, para llegar hasta aquí. Nervios. Son muchos kilómetros de pedaleo, trenes, autobuses y sobre todo tiempo. Tiempo para pensar, para sentirte, para descubrir lo que somos: lo bueno y lo que intentamos esconder.
Comienzo esta ruta comiendo con Esther Uria, una mujer tan sorprendente como inteligente. Actriz, remera premiada, pedagoga y doctorada con calificación Sobresaliente Cum Laude y premio extraordinario de investigación por su tesis doctoral.
Comemos. Hablamos y, una vez más, conseguimos reírnos de la vida que nos ha tocado vivir.
Me invita a comer. Se va. Una vez más. Me toca subir a la bici y comenzar a bajar la cuesta frenando. Pero cómo podría comenzar esta aventura mejor. Sonrió mientras busco mi faro cuesta abajo.
Irún. Buscar alojamiento. Pensión de las que dan miedo. Pero es mi primera noche. Toca pasear para templar los ánimos. Todos los ánimos.
Este viaje me va a mover mucho. Espero encontrar cobijo de mi tormenta interior en la bocana que el faro me señale porque me hará falta...
COMIENZA EL VIAJE
Cabo de Higuer: Esther la auto-disciplina. LA FUERZA DEL FARERO.
Leía el otro día en algún sitio que no hay fuerza mayor que el deseo. Esa fuerza animal que sale de las entrañas. Que nos obliga a dar todo lo humano y aquello que está por encima de nuestras posibilidades. Esa energía enfermiza que supera el sufrimiento. El dolor. Los límites. Es la meta que nos autoimponemos, a veces, incluso, con criterios poco definidos. No sé qué dirán los antropólogos pero creo que muchas guerras se habrían podido evitar si no tuviésemos este gen tan peculiar. Pero, ahora que lo pienso: no será el mismo gen que convierte al ser humano en seres capaces de construir lo inimaginable: Las pirámides, los trenes, los barcos, las catedrales, los faros al borde del precipicio...
Me decía Esther que el remo es el deporte más frustrante que había practicado. Porque, a diferencia de la bici, cuando dejas de pedalear no te quedas en el mismo lugar sino que la corriente te arrastra al punto de partida.
El faro, como el orador, como el líder, ofrece pero no obliga. Su luz te anuncia el camino. Es una promesa. Una propuesta para que entres en el regazo del puerto. Pero cuando el barco decide no entrar, el faro insiste. Tranquilo. Sin presiones. Aceptando imperturbable la decisión de la otra parte...
Pedalear me tranquiliza. Me permite pensar. Disfrutar de cada momento. Subo. Bajo. Me paro. Me monto. Una pareja me pregunta si estoy bien: un abuelo inquieto que igual necesita ayuda. Una pareja de la policía del puerto de Pasaia me pregunta lo mismo. ¿Qué imagen estaré dando? No. A él también le gusta la bici y me aconseja que no baje a Senokozulua, que hay desprendimientos. Que desde arriba se ve mejor.
Recuerdo que en una charla en los cursos de verano de Miramar dije que sólo puede haber un faro por puerto -un mensaje central por discurso- que el resto de las ideas han de acompañar a la central como luces de posición. Como damas de compañía.
Un alumno, que se presentó como responsable de comunicación del puerto de Pasaia, me dijo que ellos tenían dos: el de Senokozulua y el de la Plata. Y para convencerme me regaló una preciosa colección de dibujos a plumilla de todos los faros de la costa vasca. Pena tener razón. Ahora el de Senokozulua ya no es faro: a pasado a ser baliza.
Senokonozulua: LA FUERZA DE LA RAZÓN.
Los años me han demostrado que tener razón, a veces, no es tan bueno como lo pintan. Sobre todo si para que te la den lastimas a las personas que quieres.
Recuerdo una vez en Alcalá de Henares en Madrid. Parte del equipo de jueces de la Liga Nacional de Debate Universitario, que se celebraba en esa ciudad, habíamos ido de marcha. Era tarde. De madrugada. Conducía Guillermo Sánchez. Y estábamos dando vueltas sin encontrar la carretera principal. Vimos una calle estrecha y una señal de dirección prohibida. Al fondo se veía una calle bien iluminada. Miramos a los lados y entramos. Casi al final, cuando íbamos a llegar a la calle principal entró un coche de frente. El tío se puso a pitar y a hacer aspavientos muy enfadado. Tenía razón. Pero salió del coche y la cosa fue a más... Si no llega a ser por Guille, que salió para mediar, un par de hostias, con razón, se hubiese llevado. En ese momento pensé: A veces tener razón no es tan bueno como lo pintan.
Reflexión: ¿Soy capaz de perder una mistad por tener razón?
Faro de Higer. Gipuzkoa.

https://drive.google.com/file/d/1w2UHMQCV5XvZ3m-p1sZgKbakKfV0Z4WK/view?usp=drivesdk
ResponderEliminarEn el faro de Finisterre tiré una concha donde llevaba escrita la palabra
" enfado" porque a mí me sobraba.
Esa concha la llevé todo el viaje y allí quedó. Con mi enfado. Creo que la cosa funciona ( parcialmente).
Quizá quieras escribir alguna palabra con un rotulador en una piedra de río o en una rama y tirarlos en los faros. Preocupaciones, prejuicios, ...lo que veas que te sobre. En este viaje perderás peso...no solo gramos.