Y pocos kilómetros está Rosa. En una pequeña casa al borde del mar. Rodeada de flores, vecinas, recuerdos y sonrisas, que aunque lucha por disimularlas, se le escapan. Es lo que le enseñaron y lo que le enaseñó la vida: evitar el conflicto. Centrarse en lo pequeño, en lo importante.
Nos perdemos en buscar lo grande cuando lo que realmente nos mueve siempre es lo pequeño. El gesto. La caricia. El beso fugaz. Una sonrisa.
Y una vez más me sorprendo: en medio de lo mastodóntico lo pequeño se hace presente.
No es un faro a los que coger cariño pero, igual precisamente por eso, es el momento de pensar a qué cogemos cariño.
Reflexión: Si pensamos a qué hemos cogido cariño igual nos damos cuenta de que a aquello a lo que recordamos con afecto no le sobraban metros, ni cilindros, ni megas, ni discursos infinitos, porque igual no los tenían.
Igual lo que nos conmovió fue sencillo. Honesto. Aparentemente frágil, como el faro de Canet, fuerte y vulnerable pero, ante todo, él mismo; con toda su fragilidad y con toda su fortaleza. Como Rosa. Como sus flores, sus amigas y su ritmo tranquilo y predecible como la luz de un faro.
Faro de Canet. Valencia.






Ánimo Enrique, que cuando te jubiles nos compraremos una bici eléctrica y visitaremos todos los faros desde Canadá hasta la Patagonia. Que se note que eres de cerca de Bilbao, pues.
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